El cielo tiene un lenguaje propio, y desde mucho antes de que existieran los satélites y los modelos numéricos, los campesinos mexicanos aprendieron a leer sus señales. A través de generaciones, antes de la existencia de pronósticos modernos, las comunidades se apoyaban en observaciones empíricas de animales, plantas y el cielo. Este saber práctico es la base de la etnometeorología mexicana.
El tlacuache, las hormigas y el cielo rojizo: lo que la ciencia tiene que decir
Un ejemplo clásico es “Si el tlacuache se esconde, es que el frío está cerca”. Este dicho, muy extendido en el centro del país, tiene un fundamento biológico claro. El tlacuache, al ser un animal de sangre fría, busca refugio instintivamente ante una caída de la temperatura, actuando como un termómetro natural. Las hormigas también son predictoras: cuando mueven sus hormigueros a zonas más altas o se vuelven más activas de lo normal, los agricultores pueden interpretar que se avecinan lluvias torrenciales, ya que estos insectos modifican su conducta ante cambios en la presión atmosférica y la humedad del suelo.
Los refranes astronómicos tienen su propia lógica. “Cielo empedrado, suelo mojado” hace referencia a la presencia de nubes altocúmulos). Meteorológicamente, estas formaciones suelen ser precursoras de una zona frontal, que traerá precipitaciones en el día siguiente. Por su parte, “Cuando el sol se pone rojo, es que tiene lluvia en un ojo” es una sentencia que la ciencia respalda plenamente, pues explica que esa tonalidad rojiza en el atardecer ocurre cuando la atmósfera está cargada de humedad o partículas de polvo que dispersan la luz de manera diferencial.
El refranero mexicano es contundente en la agricultura de temporal. Un dicho muy escuchado en Chihuahua dice: “Lluvias de abril, mazorcas sin fin”, una sentencia que se refiere a la importancia de las primeras lluvias primaverales para el ciclo del maíz. Y vaticinios como el que reza “A tres de abril, el cuclillo ha de venir” hablan de la llegada del pájaro cuco como heraldo de la primavera; aunque este pájaro no anida en México (sino que migra desde Sudamérica), su aparición coincide efectivamente con el aumento de temperatura y la floración.
Cabañuelas y calendarios: el arte de mirar enero
Mención aparte merecen las Cabañuelas, un complejo sistema empírico de predicción climática que en México se atribuye a herencia azteca. La regla más extendida dicta que “conforme a los 12 primeros días del año serán los 12 meses”: si llueve el 5 de enero, se espera mucha lluvia en mayo; si hace calor el día 8, agosto será caluroso, y así sucesivamente. Otros métodos incluyen la observación de los últimos días de diciembre o incluso la alternancia de días pares e impares para un pronóstico más detallado. Aunque no es precisa como la tecnología de los modelos globales, los estudios de CONAGUA han señalado que puede anticipar tendencias estacionales con cierta efectividad, y en localidades rurales de Hidalgo y Puebla sigue siendo utilizada para programar la siembra.
¿Son infalibles los viejos refranes?
No todos los proverbios meteorológicos sobreviven al rigor científico. Uno de los más conocidos, “febrero loco y marzo otro poco”, que describe la abrupta variabilidad del clima al final del invierno con días de calor seguidos de heladas, captura una percepción real de la atmósfera del norte del país. Sin embargo, la frase que predice que “Si marzo mayea, mayo marcea” (marzo cálido equivale a mayo frío) carece de correlación atmosférica sólida, ya que no existen leyes físicas que aten de manera forzosa el comportamiento térmico de un mes con el otro.
Un acertado estudio en la región de Puebla reveló que menos de la mitad de los agricultores confían plenamente en los dichos, y que estos suelen validarse principalmente en años de buenas cosechas, mientras que, en los considerados “regulares” o “malos”, la mayoría no se cumplió, lo que revela que la fe en el refranero a veces depende más de la esperanza del campesino que del acierto climático.
La tradición amenazada por el cambio climático
El principal peligro para esta sabiduría no es la tecnología, sino el propio clima. Estudios recientes en la Sierra Alta de Hidalgo han detectado que el cambio climático está desfasando los ciclos biológicos de plantas y animales, lo que hace que muchos de estos marcadores naturales tradicionales pierdan su efectividad, fenómeno conocido como desajuste fenológico. Además, se ha visto que la juventud rural está perdiendo el interés por el campo y abandonando los saberes ancestrales, poniendo en riesgo su transmisión generacional.
Pero, por ejemplo, en el Totonacapan veracruzano o en el Valle del Mezquital, los abuelos siguen usando “Si la puesta del sol se ve verdosa, es que el agua está cerca” o insisten en que “Las cabañuelas en febrero garantizan lluvias en junio”, manteniendo viva una memoria colectiva invaluable. No se trata de un romanticismo vacío, sino de incorporar esas pistas al monitoreo diario de las variables agrometeorológicas; porque un satélite orbital te dice si va a llover a las 5 de la tarde, pero el abuelo en la milpa te avisa que hay que tapar el maíz antes de que caiga el granizo. Saber escuchar ambas voces es quizás la lección más grande que esta cultura popular le deja a la ciencia del siglo XXI.
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