Author: B1tmet

  • Temporada Ciclónica 2026: El Pacífico oriental se desborda mientras el Atlántico guarda silencio.

    La temporada de huracanes de 2026 está dejando una de las imágenes más dicotómicas que se recuerdan. Mientras el Pacífico oriental acumula récords históricos tras récords históricos, el Atlántico vive su temporada más silenciosa desde que existen los satélites. Es un contraste que ha desconcertado a meteorólogos y aficionados por igual, y que tiene una explicación clara: El Niño.

    Un Pacífico histórico

    El Pacífico oriental vive una temporada que ya ha superado el promedio anual de tormentas con nombre. A finales de septiembre, la cuenca acumulaba cuatro tormentas tropicales más de lo normal para esa fecha, según la NOAA. Y lo más impresionante: tres huracanes del Pacífico alcanzaron la categoría 5, igualando el récord de 2002, otro año marcado por El Niño.

    El huracán Polo fue uno de esos monstruos. Osciló entre las categorías 4 y 5 frente a las costas mexicanas, con vientos de hasta 260 km/h. Polo tocó tierra dos veces en México, primero en Baja California Sur y luego en Sonora. El saldo fue de daños materiales significativos, pero sin víctimas mortales reportadas directamente por el ciclón en su impacto inicial.

    Rachel se convirtió en el octavo huracán mayor de la temporada, un hito que solo otras cuatro temporadas habían alcanzado para el 1ro de octubre: 1992, 2014, 2015 y 2018. Rachel alcanzó la categoría 3 con vientos de 195 km/h y rachas de hasta 240 km/h, generando oleaje de hasta 6 metros y lluvias intensas en Baja California Sur, Sinaloa, Nayarit y Jalisco.

    Odalys también dejó su marca al alcanzar la categoría 4 frente a las costas de Baja California Sur, aunque sin representar peligro directo para el territorio nacional. La lista de sistemas notables continúa: Lowell afectó Hawái, y las tormentas tropicales Amanda, Boris, Cristina, Douglas, Elida, entre otras, completaron un calendario inusualmente cargado. Actualmente se formó la tormenta tropical Simón al sur del país, con proyecciones de alcanzar la categoría 2 cerca de Puerto Vallarta para el fin de semana. Esto demuestra que la cuenca sigue activa, adicionando la letra S en los organismos nombrados hasta el momento.

    ¿Por qué el Pacífico está tan activo?

    La respuesta tiene nombre y apellido: El Niño. El fenómeno de El Niño, que se declaró oficialmente en junio de 2026, ha sido el principal motor de esta temporada hiperactiva en el Pacífico oriental.

    El Niño altera los patrones habituales de viento y temperatura sobre el océano. Los vientos de baja altitud que normalmente cruzan el Pacífico de este a oeste se debilitan o invierten, creando condiciones más favorables para el desarrollo de ciclones tropicales. Brian McNoldy, experto en huracanes de la Universidad de Miami, advirtió que el actual episodio “se está convirtiendo quizás en el fenómeno de El Niño más fuerte jamás registrado”.

    A esto se suma otro factor: las aguas del Pacífico oriental están excepcionalmente cálidas. Zonas del Pacífico han registrado temperaturas hasta 5 °C por encima de lo normal, proporcionando combustible abundante para los sistemas. La combinación de El Niño y aguas cálidas ha creado el caldo de cultivo perfecto para una temporada explosiva.

    El Atlántico: Una calma histórica

    El contraste con el Atlántico es abismal. Hasta el 28 de septiembre, no se había formado ningún huracán en la cuenca atlántica en 2026. Se habían registrado ocho tormentas tropicales —Arthur, Bertha, Cristóbal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo y Hanna—, pero ninguna había alcanzado la intensidad de huracán.

    Esta fue la espera más larga por el primer huracán del Atlántico desde que los satélites comenzaron a monitorear la cuenca en 1966. El pico climatológico de la temporada en septiembre pasó sin que se formara un solo huracán, algo que no ocurría desde 1994.

    La causa es la misma que alimenta al Pacífico: El Niño más que intenso. El fenómeno aumenta la cizalladura vertical del viento sobre el Atlántico, especialmente en la región principal de desarrollo que se extiende desde África hasta el Caribe. Según Phil Klotzbach, experto en huracanes de la Universidad Estatal de Colorado, la cizalladura alcanzó valores elevados en esa región durante el verano.

    La tormenta tropical Dolly, el único sistema que se formó en la región principal de desarrollo, fue desintegrada apenas 24 horas después de su formación. Es la imagen perfecta de lo que El Niño le hace al Atlántico.

    Sin embargo, hay una excepción importante. A principios de octubre, se formó la tormenta tropical Isaías en el suroeste del golfo de México. El sistema se fortaleció rápidamente y se convirtió en el primer huracán de la temporada atlántica, llegando a alcanzar la categoría 2, antes de tocar tierra entre Luisiana y Florida, con vientos máximos sostenidos de hasta 195 km/h. Las aguas cálidas del golfo, con temperaturas superiores a los 27 °C, le dieron a Isaías el combustible que necesitaba para intensificarse mientras avanzaba hacia la costa estadounidense.

    El golfo de México fue, de hecho, la única zona atlántica donde la cizalladura no se mantuvo elevada, lo que permitió que Isaías pudiera organizarse e intensificarse.

    El balance hasta hoy

    México mantiene su pronóstico inicial de entre 18 y 21 ciclones con nombre en el Pacífico para toda la temporada, que concluye el 30 de noviembre. Hasta ahora, se han formado 17 sistemas, por lo que aún quedan entre 1 y 4 por formarse. Quedan hasta seis letras del abecedario, siendo los nombres disponibles para los próximos sistemas Trudy, Vance, Winnie, Xavier, Yolanda y Zeke.

    En el Atlántico, el pronóstico inicial de entre 11 y 15 sistemas totales se mantiene, aunque la actividad ha estado muy por debajo de lo esperado. La llegada de Isaías y la posibilidad de que se convierta en huracán añaden un elemento de distinto a una temporada que, hasta hace unas semanas, parecía destinada a ser la más tranquila de la historia moderna.

    Lo que viene

    Octubre y noviembre son meses de transición. La temporada de huracanes concluye oficialmente el 30 de noviembre, y aunque la actividad suele disminuir después de octubre, no es raro que se formen sistemas tardíos.

    El mensaje para la población mexicana, especialmente en Baja California Sur, Sinaloa, Sonora, Jalisco, Colima, Michoacán y Guerrero, sigue siendo el mismo: la temporada no ha terminado. Los estados del noroeste, que han sido los más golpeados este año, deben mantener sus planes de contingencia actualizados. Y aunque el Atlántico haya estado tranquilo, Isaías es un recordatorio de que el Golfo de México puede ser escenario de sorpresas tardías.

    La temporada ciclónica de 2026 pasará a los libros como el año en que el Pacífico rugió y el Atlántico susurró. La pregunta es si, con el cambio climático en marcha, esta dicotomía se convertirá en la nueva normalidad o si fue simplemente un capricho de El Niño.

  • El granizo en México: Un riesgo creciente para las ciudades

    Hay una imagen que se repite cada temporada de lluvias en México: calles cubiertas de blanco, como si hubiera nevado en pleno verano. Pero no es nieve, es granizo. Y en los últimos años, ese granizo ha dejado de ser una curiosidad para convertirse en un fenómeno que causa daños severos, paraliza ciudades y genera pérdidas millonarias.

    En mayo de 2026, los habitantes en Hidalgo reportaron algo que parecía imposible: bloques de hielo del tamaño de limones cayendo del cielo. Un mes después, el 30 de junio, la Ciudad de México vivió su propio episodio: una granizada en la alcaldía Gustavo A. Madero tapizó de hielo calles y vehículos. No hubo lesionados, pero el susto fue mayúsculo. Y estos son solo ejemplos de episodios que ocurren frecuentemente en México.

    ¿Qué está pasando? ¿Por qué el granizo en México parece volverse más frecuente y más destructivo? Para entenderlo, hay que empezar por lo básico: cómo se forma.

    El nacimiento del hielo en una tarde calurosa

    El granizo no nace en el frío. Nace en el calor. Específicamente, en las nubes de tormenta más desarrolladas que existen: los cumulonimbos. Estas nubes pueden alcanzar alturas de hasta 15 kilómetros, y a esa altitud la temperatura es muy inferior al punto de congelación.

    El proceso comienza cuando el aire cálido y húmedo asciende rápidamente dentro de la tormenta. Las gotas de agua son transportadas hacia las partes más frías de la nube, donde se congelan alrededor de pequeñas partículas que actúan como núcleos. A partir de ahí, la piedra de hielo comienza a crecer: cada vez que choca con nuevas gotas de agua líquida sobreenfriada, estas se congelan sobre su superficie y añaden nuevas capas, como los anillos de una cebolla.

    El tamaño final del granizo depende de una sola cosa: la intensidad de la corriente ascendente. Cuanto más fuerte sea esa corriente, más tiempo podrá sostener la piedra de hielo en el aire, permitiéndole crecer más y más. Las tormentas más violentas, las supercélulas, tienen corrientes ascendentes particularmente intensas y duraderas, y por eso son las que producen las piedras más grandes. Cuando el hielo adquiere demasiado peso y la corriente ya no puede sostenerlo, cae hacia la superficie.

    ¿Por qué México es tan vulnerable?

    México no es un país cualquiera para el granizo. Existe una franja de territorio conocida como el corredor del granizo, una zona montañosa que forma parte del Eje Neovolcánico Transversal y que atraviesa el centro del país de oeste a este.

    Los estados que lo integran son Jalisco, Michoacán, Estado de México, Ciudad de México, Morelos, Puebla y Veracruz. En esta región, el Servicio Meteorológico Nacional registra entre cinco y seis granizadas fuertes al año, principalmente durante el verano.

    ¿Por qué aquí? La respuesta está en la combinación de tres factores: la topografía montañosa, que favorece la formación de tormentas intensas al forzar el ascenso del aire húmedo (barlovento); la humedad proveniente del Pacífico, el golfo de México y el mar Caribe; y las altas temperaturas en superficie durante la primavera y el verano, que generan el contraste térmico necesario para que se desarrollen los cumulonimbos.

    Pero el corredor del granizo no es el único punto crítico. El noreste de México, particularmente Coahuila y Nuevo León, también es una zona de alta incidencia. En Sabinas, Coahuila, se han reportado granizos comparables con pelotas de béisbol, formados por la interacción de frentes fríos con el calor primaveral y la entrada de humedad desde el Golfo de México.

    Los eventos que marcaron el 2025 y 2026

    Lo que ha sucedido en los últimos dos años ha puesto el tema sobre la mesa.

    En Guadalajara, el temporal de 2025 fue catalogado como uno de los más lluviosos de los últimos 29 años. Se documentaron cinco tormentas excepcionales entre junio y septiembre, con precipitaciones de entre 50 y 113 milímetros en pocas horas, acompañadas de granizo y actividad eléctrica. La tormenta del 28 de junio fue la más severa, afectando colonias como El Deán y San Carlos. En agosto, una granizada cubrió de blanco Tlaquepaque y dejó acumulaciones de hielo de hasta 50 centímetros en algunas zonas, además de inundaciones y derrumbes.

    En Hidalgo, mayo de 2026 trajo una granizada que los habitantes describieron como una de las más fuertes en años. Los granizos, del tamaño de limones, perforaron cubiertas plásticas, doblaron estructuras metálicas y arrasaron con cultivos de jitomate, milpas y plántulas. Los productores reportaron el colapso de invernaderos y pérdidas totales o parciales. En Tepeapulco, los calentadores solares quedaron con los tubos reventados por el impacto del hielo.

    En la Ciudad de México, el 30 de junio de 2026, una granizada en la alcaldía Gustavo A. Madero colapsó la techumbre de los Pilares de Tlalpexco, una estructura de 15 por 25 metros, y dejó vehículos dañados. La Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil confirmó que no hubo personas lesionadas, pero el evento encendió las alertas sobre la vulnerabilidad de las infraestructuras urbanas ante estos fenómenos.

    En Puebla, durante la noche del 4 de enero de 2026, grandes partes de la ciudad y su zona conurbada registraron caída de granizo que dejó paisajes blancos, con acumulaciones de hasta 14 centímetros en algunas zonas.

    El impacto económico: Millones de dólares en pérdidas

    El granizo ya no es solo un espectáculo visual. Es un riesgo económico creciente. Según datos de la aseguradora especializada FM, las pérdidas ocasionadas por granizo en México alcanzaron los 22.7 millones de dólares durante la última década.

    Y lo más preocupante es la tendencia. El granizo se ha convertido en uno de los riesgos naturales que más rápidamente ha incrementado las pérdidas materiales en los últimos 10 años, impulsado por una mayor frecuencia e intensidad de tormentas severas. Las zonas de mayor exposición en México se ubican principalmente en el norte y noreste del país, especialmente en corredores industriales cercanos a la frontera con Estados Unidos, donde existe una alta concentración de infraestructura manufacturera vulnerable a daños en techos, sistemas HVAC y paneles solares.

    En el ámbito agrícola, el impacto es igualmente severo. Los invernaderos, que representan una inversión significativa para los productores, son especialmente vulnerables. El colapso de estas estructuras no solo destruye la cosecha del momento, sino que deja a las familias sin su medio de sustento por meses.

    ¿Está el cambio climático detrás de esto?

    La pregunta es inevitable. Y la respuesta, como suele ocurrir en meteorología, no es un simple “sí” o “no”.

    Por un lado, hay evidencia de que el calentamiento global está influyendo en las tormentas de granizo. Un clima más cálido significa más energía disponible en la atmósfera y más humedad, dos ingredientes que alimentan las tormentas severas. Según especialistas citados por medios mexicanos, las tormentas con granizo extremo aumentan por el calentamiento global, y los científicos prevén que ese cambio eleve tanto el tamaño de las piedras de hielo como el costo de los daños durante las próximas décadas.

    Sin embargo, no todos los expertos coinciden. La investigadora Graciela Binimelis de Raga, del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, ha señalado que no hay datos suficientes para establecer que las granizadas en México son más severas debido al cambio climático, ni que van en aumento. Lo que hay, dice, es más información y más registros que antes.

    Lo que sí parece claro es que la exposición ha aumentado. Las ciudades crecen, la infraestructura se densifica y cada vez hay más bienes expuestos a un fenómeno que siempre ha existido. El granizo no es nuevo. Lo nuevo es que ahora cae sobre más gente, más edificios y más cultivos.

    Frente a un fenómeno tan localizado, violento y difícil de predecir como el granizo, los meteorólogos no están indefensos. Cuentan con un arsenal de herramientas tecnológicas y metodológicas que, combinadas, permiten anticipar su formación con horas de antelación e incluso rastrear su evolución en tiempo real. El desafío no es solo científico, sino también operativo: traducir esa información en alertas oportunas para la población. Lo más seguro es combinar herramientas como el radar y el satélite, que permiten monitorear las tormentas en tiempo real y evaluar la situación, sin embargo, también se utilizan índices termodinámicos que revelan si la atmósfera está “cargada” para producir granizo tales como: Energía Potencial Convectiva Disponible (CAPE): entre 642 J/kg y 2166 J/kg. Valores altos indican que la atmósfera tiene mucha energía disponible para corrientes ascendentes. Inhibición Convectiva (CIN): de 0 a -28 J/kg. Un valor bajo o nulo significa que no hay una “tapa” que impida el desarrollo de la tormenta. Índice de Elevación (LI): entre -3 y -7. Valores negativos indican inestabilidad y favorecen las tormentas severas. Cuando estos tres índices coinciden en valores extremos, la probabilidad de granizo severo se dispara.

    Nowcasting: La predicción de los próximos minutos

    Para eventos que se desarrollan en cuestión de minutos, los meteorólogos recurren al nowcasting (pronóstico inmediato). Esta técnica combina datos de radar con algoritmos de extrapolación para predecir el movimiento y la intensidad de las tormentas en un horizonte de 30 minutos a 2 horas.

    El desafío pendiente

    A pesar de estas capacidades, México enfrenta limitaciones significativas. El país tiene una red de instrumentos limitada y heterogénea para el monitoreo y pronóstico eficiente de eventos convectivos severos. La cobertura de radares no es uniforme y muchas regiones del país carecen de la densidad de observaciones necesaria para una predicción precisa.

    Además, la naturaleza misma del granizo, o sea, su carácter extremadamente local y su rápido desarrollo, impone límites físicos a la predicción. Incluso con la mejor tecnología, es imposible saber con exactitud que un granizo del tamaño de una pelota de golf caerá en una calle específica con horas de antelación.

    Lo que sí pueden hacer los meteorólogos es identificar las condiciones favorables, monitorear el desarrollo de las tormentas en tiempo real y emitir alertas con la mayor antelación posible. Es un trabajo de precisión que combina ciencia, tecnología y comunicación operativa. Y en un país tan expuesto al granizo severo como México, cada minuto de antelación cuenta.

  • El Monzón Mexicano: El fenómeno que cada verano transforma el noroeste del país.

    Mientras el centro y sur de México reciben lluvias por ondas tropicales, vaguadas o huracanes, en el noroeste del país hay un fenómeno que cada verano se encarga de llenar presas, reverdecer campos y, de paso, provocar tormentas eléctricas que parecen sacadas de otra latitud. Llamado Monzón Mexicano, aunque su nombre suene a fenómeno lejano, ya que es propio de la India o el sudeste asiático, ocurre en México cada año, como un reloj. Y en 2026, no ha sido la excepción.

    ¿Qué es el Monzón Mexicano?

    La palabra monzón proviene del árabe mawsim, que significa estación. Y es que los monzones no son tormentas aisladas, sino cambios estacionales en la dirección de los vientos que, durante varios meses, modifican por completo el régimen de lluvias de una región.

    En el mundo existen cuatro grandes regiones monzónicas. Una de ellas se extiende por el suroeste de Estados Unidos y el noroeste de México, y es precisamente ahí donde actúa el monzón mexicano. Se caracteriza por un cambio drástico en la circulación atmosférica: los vientos cálidos y húmedos provenientes del océano Pacífico, el golfo de California, el golfo de México y el Atlántico convergen sobre el noroeste del territorio nacional. Esta convergencia, sumada al intenso calentamiento diurno del suelo, genera las condiciones perfectas para la formación de nubes de tormenta.

    ¿Cómo funciona?

    El mecanismo es sencillo en esencia, complejo en sus detalles; durante la primavera y principios del verano, el suelo del noroeste de México y el suroeste de Estados Unidos se calienta intensamente. El aire caliente asciende, creando una zona de baja presión sobre el continente. Este vacío atrae aire húmedo desde el océano Pacífico, el golfo de California y, en menor medida, desde el golfo de México. La humedad, al ascender por las montañas de la Sierra Madre Occidental, se enfría, condensa y genera tormentas eléctricas de fuerte intensidad, normalmente durante las tardes. El resultado es un incremento notable de las precipitaciones en una región que, el resto del año es extremadamente árida.

    ¿Qué regiones afecta?

    El monzón mexicano no cubre todo el país. Su impacto se concentra en el noroeste de México, y los estados más beneficiados (y afectados) son:

    EstadoIntensidad del impacto
    SonoraMuy alto
    ChihuahuaMuy alto
    SinaloaMuy alto
    DurangoAlto
    NayaritAlto
    Baja California SurModerado

    También pueden registrarse precipitaciones importantes en zonas de Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, San Luis Potosí y Zacatecas, aunque con menor intensidad.

    ¿Cuándo ocurre?

    El monzón mexicano no tiene una fecha de inicio fija, pero suele establecerse entre finales de junio y mediados de julio, y se extiende hasta septiembre. En 2026, el fenómeno se ha mantenido activo durante todo el verano, interactuando con otros sistemas como ondas tropicales y tormentas. El pico de actividad suele darse entre julio y septiembre.

    El pronóstico indica que las lluvias monzónicas seguirán presentes durante las próximas semanas, con tormentas eléctricas, granizo y riesgo de crecidas en los estados del noroeste.

    Impactos: El lado bueno y el lado malo

    Beneficios

    • Recarga de presas y acuíferos: El agua del monzón es vital para el abastecimiento humano, agrícola e industrial de la región.
    • Agricultura: Las lluvias permiten ciclos agrícolas que de otro modo serían inviables.
    • Mitigación de la sequía: El monzón rompe la sequía estacional que caracteriza al noroeste.
    • Ecosistemas: Bosques y matorrales dependen de esta agua para sobrevivir.

    Riesgos

    • Lluvias torrenciales y granizo: Las precipitaciones pueden ser de corta duración, pero extremadamente intensas, causando inundaciones repentinas.
    • Tormentas eléctricas: Acompañan a las lluvias y pueden provocar incendios o afectar infraestructura eléctrica.
    • Deslaves y crecidas de ríos: En zonas montañosas, el agua puede desencadenar corrientes de lodo y desbordamientos.
    • Calor extremo previo: Antes de las tormentas, las temperaturas pueden superar los 45 °C en el norte del país, creando un contraste violento cuando llega la lluvia.

    El monzón mexicano es mucho más que un simple “verano lluvioso”. Es un fenómeno estacional que redefine la geografía, la economía y la vida cotidiana del noroeste de México. Sin él, la región sería radicalmente distinta: más seca, menos productiva y con ecosistemas completamente diferentes.

    Pero también es un recordatorio de que la naturaleza, cuando se manifiesta, lo hace con fuerza. Las lluvias torrenciales, las tormentas eléctricas y el granizo son parte del paquete. Y aunque este año el monzón ha traído consigo los riesgos habituales, también ha cumplido con su papel: llenar de agua una tierra que la necesita desesperadamente.

  • RÉCORDS QUE ASUSTAN: EL CALENTAMIENTO GLOBAL EN 2026

    Si junio ya es el segundo más cálido de la historia y los océanos baten récords, ¿qué nos espera en el pico del verano?

    Actualmente a mitad de 2026 los termómetros ya están dejando cifras que harían palidecer a cualquier estadístico. Junio de 2026 no ha sido un mes cualquiera. Ha sido el segundo junio más cálido jamás registrado, los océanos han marcado un récord histórico de temperatura superficial y el Ártico sigue derritiéndose a un ritmo que los científicos califican de “alarmante”. En este blog repasamos los datos que están dibujando el mapa del calentamiento global de este año.

    Junio de 2026: el segundo más cálido de la historia, pero con matices preocupantes

    Según el Informe Climático Global de junio de 2026, publicado por los Centros Nacionales de Información Ambiental (NCEI) de la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos), la temperatura superficial global durante junio de 2026 fue 1,09 °C superior al promedio del siglo XX. Esa cifra convierte a este junio en el segundo más cálido en los 176 años de registro de la NOAA, solo por detrás del récord establecido en junio de 2024.

    Pero si miramos más allá del dato global, el panorama se vuelve aún más llamativo. Mientras el conjunto del planeta experimentaba temperaturas elevadas, Europa occidental vivió su junio más caluroso jamás registrado, con picos de más de 40 °C en algunas zonas. El calor no fue uniforme, pero sí implacable en extensión: la mayor parte del globo estuvo por encima de su media histórica, y varios continentes y regiones experimentaron uno de los diez junios más cálidos de su historia.


    Tomado del Informe Climático Mundial de la NOAA: junio de 2026

    Lo más relevante de esta cifra no es solo el calor en sí, sino lo que implica para el resto del año. Los expertos ya advierten que, con estos datos, 2026 tiene alta probabilidad para terminar entre los cinco años más cálidos jamás registrados. No es una especulación: es la inercia de un sistema que lleva décadas acumulando energía.

    Los océanos en ebullición: 21,0 °C de récord global

    Si la temperatura del aire preocupa, la del agua debería alarmarnos. Porque los océanos no solo están calientes: están batiendo récords con una contundencia que ha dejado a los científicos sin adjetivos.

    El 21 de junio de 2026, la temperatura media de la superficie del océano fuera de las regiones polares alcanzó los 21,0 °C. Esa cifra no es un dato menor: supera los registros previos establecidos en 2023 y 2024, que hasta entonces eran los dos junios más cálidos documentados. El Servicio Marino de Copernicus de la Unión Europea, encargado del monitoreo continuo de las condiciones oceánicas globales, lo confirmó: junio de 2026 es oficialmente el mes de junio más cálido jamás documentado para los océanos.

    Y no fue un dato puntual. Durante los primeros seis meses de 2026, la temperatura media global del océano (entre 60°S y 60°N) fue de 20,94 °C, lo que convierte a este semestre en el segundo más cálido jamás registrado para los océanos, solo por detrás del mismo período de 2024.

    Pero el dato más escalofriante viene después: aproximadamente el 82 % de los océanos del mundo experimentó condiciones de ola de calor marina durante la primera mitad de 2026. Las zonas más afectadas fueron el Mediterráneo, el Atlántico Norte central y el Pacífico ecuatorial.

    ¿Por qué están tan calientes los océanos? La respuesta es doble. Por un lado, el fenómeno de El Niño, que se ha declarado oficialmente en el Pacífico ecuatorial está elevando las temperaturas superficiales del mar. Por otro, y esto es más preocupante, está el calentamiento de fondo impulsado por la actividad humana. Los océanos absorben más del 90 % del exceso de energía del sistema terrestre generado por la quema de combustibles fósiles. En 2024, ese desequilibrio energético alcanzó la cifra récord de 23 zettajulios, más del doble del promedio de las dos décadas anteriores.

    El Ártico se desvanece: un invierno de récord y un verano que no da tregua

    El Ártico, como siempre, es la consecuencia más sensible del calentamiento global. Y en 2026, ese termómetro está marcando cifras históricas.

    El máximo de hielo marino ártico del invierno de 2026, registrado el 7 de marzo, fue el más bajo desde que hay registros por satélite. La extensión máxima fue de 14,34 millones de km², una cifra que confirma la tendencia imparable de decrecimiento. El promedio de extensión de hielo en marzo de 2026 también fue el más bajo jamás registrado para ese mes.

    Ya en junio, la situación no mejora. El 10 de junio de 2026, la extensión del hielo marino ártico era de 11,18 millones de km². El deshielo comenzó antes de lo habitual en todos los mares marginales del Ártico, y la extensión era especialmente baja a lo largo del borde atlántico del hielo.

    Lo que ocurre en el Ártico no se queda en el Ártico. El deshielo acelera el calentamiento global (menos hielo = menos reflejo de la radiación solar = más calor absorbido), altera las corrientes oceánicas, atmosféricas, además de que contribuye al aumento del nivel del mar. Es un círculo vicioso que se retroalimenta.

    ¿Qué significa todo esto?

    Los datos de junio de 2026 no son una anomalía. Son la confirmación de una tendencia que lleva décadas consolidándose, pero que ahora se está acelerando. El calor récord en el aire, el océano y el Ártico no son tres problemas separados: son tres caras de un mismo fenómeno. Un sistema climático que está recibiendo más energía de la que puede disipar.

    Los científicos llevan años advirtiendo de que los océanos, al acumular ese calor, están siendo llevados a sus límites. Y las consecuencias ya se están viendo: olas de calor marinas que devastan ecosistemas, tormentas que se alimentan de agua más caliente y se vuelven más intensas, patrones climáticos que se desestabilizan.

    Territorio desconocido. Esa es la expresión que más se repite entre los que estudian el clima. Y en 2026, estamos pisándolo con paso firme.

    Seguiremos monitorizando la evolución de estos indicadores a lo largo del verano. Julio y agosto suelen ser los meses de temperaturas oceánicas más altas del año. Si junio ya ha sido récord, lo que viene podría superar todas las previsiones.

  • PRONÓSTICO DE TEMPORADA CICLÓNICA 2026 EN EL ATLÁNTICO

    La temporada ciclónica en el Atlántico 2026 comenzó oficialmente el primero de junio, y con ella se inicia el seguimiento detallado de los sistemas tropicales que pueden impactar a la región.

    Sabemos que esta temporada de huracanes en el Atlántico de 2026 llega con un condicionante que ya está generando ríos de tinta en los círculos meteorológicos: la posibilidad de que se desarrolle un episodio de ¨El Niño¨ de intensidad fuerte o muy fuerte durante los meses de siguientes.

    El Niño, como sabemos, suele ser un freno para los huracanes atlánticos. El aumento de la cizalladura vertical del viento sobre la cuenca dificulta la organización de las tormentas, y la estabilización de la atmósfera reduce la convección profunda. Pero no todos los Niños son iguales, y la temperatura superficial del mar en el Atlántico puede jugar un papel determinante para contrarrestar o potenciar ese efecto. Por eso, la pregunta que nos hacemos es: ¿cómo se comportará la temporada si el Niño se consolida con fuerza?

    Ya estamos en la segunda mitad del mes y en este contexto, B1TMET ha desarrollado y puesto en marcha su propio pronóstico estacional, el cual integra variables atmosféricas y oceánicas para estimar la actividad ciclónica de este año en regiones clave como el golfo de México, el Caribe occidental, central y oriental, y la zona de desarrollo principal (MDR por sus siglas en inglés).

    En este primer informe presentamos los resultados iniciales del pronóstico, con especial énfasis en la MDR, donde históricamente se gestan los ciclones de mayor impacto, y en los totales de la cuenca, que permiten dimensionar la temporada en su conjunto. Estos son los resultados.

    Totales globales:

    Para el dominio completo del Atlántico se obtienen las siguientes cifras:

    8 sistemas totales nombrados (tormentas + huracanes), por debajo del promedio histórico

    4 huracanes, por debajo de la media

    ACE (Accumulated Cyclone Energy) de 132.4 (normal, en línea con el promedio)

    A simple vista, los resultados obtenidos apuntan a una temporada que, en general, podría catalogarse como por debajo de la norma en lo que a sistemas totales se refiere. Pero como suele ocurrir en meteorología, la media esconde realidades muy distintas dependiendo de dónde miremos.

    Pronóstico de temporada ciclónica. Total de organismos por regiones.

    Distribución regional:

    El pronóstico por regiones revela una actividad muy desequilibrada. En cuanto a la zona de desarrollo principal, estimamos unos 6 sistemas en esta región, de los cuales, 4 pudieran llegar a huracanes en dicha área. lo que indica que los sistemas tendrán mucho océano por delante y potencial para convertirse en huracanes de larga duración. Mientras, en el Caribe oriental se pueden esperar 4 sistemas, de los cuales 3 de ellos llegar a huracán. En el resto del mar Caribe y el área del golfo de México, además de Bahamas y Florida, se espera muy poca actividad, por debajo de la media en prácticamente todas las variables, lo que indica en el pronóstico que serán las regiones más tranquilas.

    RegiónSistemas nombradosHuracanesACE
    MDR6456.9
    Caribe oriental4352.0
    Caribe central000.1
    Caribe occidental000.0
    México-Yucatán-CA103.2
    Golfo de México102.3
    Bahamas-Florida2128.8
    Total84132.4
    Pronóstico inicial de la temporada ciclónica en la cuenca del Atlántico de 2026 elaborado por B1TMET.

    Es válido aclarar que las escalas de predicción regional y total no son directamente compatibles, ya que utilizan conjuntos de variables y procedimientos estadísticos distintos. Un mismo ciclón puede transitar por varias regiones a lo largo de su vida, y el modelo contabiliza su presencia en cada una de ellas según la trayectoria más probable. El total, en cambio, abarca toda la cuenca y asigna cada sistema una sola vez.

    Buscando análogos históricos

    Históricamente, los años donde está presente un fenómono de El Niño fuerte, han tendido a ser temporadas por debajo de la norma en el Atlántico. Y para comprobarlo, solo hay que mirar atrás.

    La temporada de 1997 es el referente clásico cuando se habla de un Niño muy fuerte. El evento de aquel año fue, en su momento, el más intenso jamás registrado, con anomalías de temperatura en el Pacífico central que superaron los +3°C. El resultado en el Atlántico fue una temporada muy poco activa: solo 8 tormentas, 3 huracanes y 1 solo huracán de gran intensidad (Erika, de categoría 3). La cizalladura se cebó con la cuenca y apenas hubo sistemas organizados. Es el ejemplo más extremo de lo que un “Super Niño” puede hacer.

    La temporada de 2015 estuvo marcada también por un fenómeno de El Niño intenso, aunque no llegó a los niveles de 1997. El Atlántico produjo 11 tormentas, 4 huracanes y 2 de ellos importantes. Un aspecto interesante de 2015 es que, a pesar del Niño, hubo algunos sistemas que lograron intensificarse significativamente, lo que demuestra que, incluso en años de fuerte cizalladura vertical del viento, condiciones puntuales favorables pueden permitir excepciones.

    Las temporadas del 2002 y 2009 representan un escalón intermedio. 2002 tuvo 12 tormentas y 4 huracanes, mientras que 2009 arrojó 9 tormentas y 3 huracanes. En ambos casos, el Niño fue de intensidad moderada o de moderada a fuerte.

    El pronóstico para 2026 nos dibuja un escenario que, en números globales, se parece a temporadas como 1997 o 2009: pocas tormentas y pocos huracanes. Pero las similitudes se detienen ahí.

    El océano Atlántico tropical en 2026 está presentando, en estas primeras mediciones de junio, anomalías de temperatura superficial que superan en algunos sectores los +0.5°C a +1.0°C con respecto al promedio. Actualmente, no estamos ante aguas tan extremadamente cálidas como las de 2023, pero sí lo suficientemente elevadas como para proporcionar combustible adicional a los sistemas que logren formarse, especialmente en la MDR y el Caribe oriental.

    El factor de la rápida intensificación: el verdadero riesgo

    Cuando un huracán encuentra un entorno con cizalladura moderada pero océano muy cálido, el núcleo caliente se profundiza rápidamente y el sistema puede explotar en intensidad. Para la población del Caribe central y las Antillas Menores, este pronóstico no es motivo de relajación. La reducción en el número de sistemas no implica una reducción en el riesgo. Basta con que uno solo de esos huracanes, intensificado rápidamente, encuentre el camino hacia tierra para que el balance de la temporada pase de “moderado” a “catastrófico”. La historia nos ha enseñado que temporadas aparentemente tranquilas pueden albergar tormentas devastadoras.

    Seguiremos actualizando este pronóstico a medida que avance la temporada y los modelos nos den más pistas. Por ahora, la recomendación es clara: mantener la preparación y prestar atención a los sistemas que logren organizarse en el Atlántico tropical.

  • La meteorología aeronáutica: ¿Cómo la atmósfera decide si un avión despega?

    La seguridad aérea y la puntualidad de los vuelos dependen de un factor que ni la aeronave más avanzada puede negociar: el estado de la atmósfera. Si bien en su concepto, la meteorología se refiere a la ciencia que estudia los fenómenos que ocurren en la atmósfera terrestre, su comportamiento y su evolución, tiene el mayor de los sentidos que sea una de las disciplinas que destaquen a hora de hablar de la aviación.

    La meteorología aeronáutica es esa disciplina que estudia las condiciones atmosféricas que, en segundos, pueden definir si un avión despega, aterriza o debe ser desviado a otro aeropuerto. Las condiciones meteorológicas sean buenas o malas influyen en la aviación de manera determinante en todas las fases del vuelo desde el despegue hasta el aterrizaje, pasando por la navegación en ruta. Las condiciones buenas como cielo despejado, viento en calma y visibilidad excelente permiten operaciones eficientes con consumo optimizado de combustible, rutas directas y puntualidad, lo que reduce costos y mejora la experiencia de los pasajeros. Sin embargo, las condiciones adversas, como tormentas eléctricas, niebla densa, nevadas, fuertes vientos cruzados, turbulencia, cizalladura o formación de hielo, pueden causar demoras, desvíos cancelaciones y aumentos significativos en el consumo de combustible.

    Este artículo explora los principales desafíos meteorológicos para la aviación. El objetivo es comprender cómo los fenómenos naturales son determinantes para la seguridad operativa y por qué una predicción precisa es un eslabón crítico en la cadena de transporte.

    La Cizalladura del Viento: Un Enemigo Silencioso e Invisible

    La cizalladura del viento (wind shear) es uno de los fenómenos más temidos en la aviación. Se define como un cambio abrupto en la velocidad o dirección del viento entre dos puntos próximos, y su peligrosidad radica en que puede ocurrir, tanto en kilómetros de altitud, como cerca del suelo; tanto bajo condiciones adversas, como en aire claro, sin previo aviso. El peor escenario de este fenómeno es la micro-ráfaga o microburst, una corriente de aire descendente que, al impactar contra el suelo, se expande horizontalmente y puede provocar una pérdida catastrófica de sustentación durante el despegue o el aterrizaje.

    Un caso paradigmático en México ocurrió el 31 de julio de 2018, cuando el Vuelo 2431 de Aeroméxico Connect se estrelló en el Aeropuerto de Durango momentos después de despegar. La investigación oficial determinó que la aeronave fue víctima de una repentina cizalladura del viento, provocada por una micro-ráfaga, perdiendo velocidad y altitud hasta impactar el suelo. La fuerza de este fenómeno es tal que ni siquiera las aeronaves más grandes son invulnerables.

    El Riesgo del engelamiento en Vuelo

    El engelamiento es la acumulación de hielo en la superficie de una aeronave cuando vuela a través de nubes o precipitaciones que contienen gotas de agua sobreenfriadas (líquidas a temperaturas bajo cero). Ocurre con mayor frecuencia entre 0 °C y -20 °C, especialmente en el rango de -5 °C a -15 °C. En la atmósfera, el agua puede seguir siendo líquida por debajo de 0°C si no tiene dónde cristalizar. Al golpear el avión, encuentra la superficie que le hace falta para congelarse de golpe. Entonces al ocurrir esto, el hielo altera el flujo de aire sobre las alas, reduciendo la sustentación y aumentando la resistencia, además de añadir peso, bloquear partes móviles y falsear las lecturas de los sensores externos, lo que puede comprometer gravemente la seguridad del vuelo.

    Las aeronaves comerciales cuentan con sofisticados sistemas antihielo, pero la mejor estrategia es la prevención. La información precisa sobre la ubicación y la intensidad de la formación de hielo es vital para los pilotos. Ahí es cuando se destaca el trabajo del meteorólogo aeronáutico, ya que el pronóstico de hielo en las nubes es clave durante el invierno.

    Un ejemplo clave suele ser cuando los frentes fríos del norte ingresan a la región. La humedad combinada con las bajas temperaturas en altura puede crear condiciones peligrosas para las aeronaves en fase de ascenso o descenso. La información se disemina a través de boletines meteorológicos aeronáuticos como el AIRMET (Información de Aeronavegación) y el SIGMET (para fenómenos más severos).

    La Niebla y los Techos Bajos: El Peligro en el Despegue y Aterrizaje

    Si la cizalladura es un enemigo repentino, la niebla es un bloqueo estratégico. Para poder aterrizar, los pilotos deben tener una referencia visual de la pista a una cierta altura, así como una distancia de visibilidad horizontal mínima. Cuando la niebla es densa, esos mínimos no se alcanzan y el aeropuerto debe cerrar sus pistas.

    La Ciudad de México (AICM) es el ejemplo más evidente de la vulnerabilidad del centro del país a la niebla. La principal razón por la que el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) es tan vulnerable a la niebla es una combinación de su geografía y su operación al límite de su capacidad. La Ciudad de México está asentada en una cuenca rodeada de montañas, que atrapa la humedad y el aire frío, creando las condiciones ideales para uno de los tipos de niebla: la niebla por radiación, especialmente en las mañanas frías y húmedas, cuando el aire saturado de vapor se enfría por la inversión térmica. Cuando la niebla es densa y reduce la visibilidad a niveles críticos, el piloto no puede distinguir el umbral de la pista, se dispara el riesgo de colisiones en tierra con vehículos de servicio y es imposible reaccionar a tiempo ante cualquier imprevisto. Por seguridad, se requiere una visibilidad mínima de aproximadamente 800 metros (media milla) para poder operar, y al no cumplirse esta condición, se suspenden los aterrizajes y muchas veces también los despegues. Durante estos episodios, se activan los Procedimientos de Baja Visibilidad (LVP), un protocolo indispensable de seguridad que, para dar mayor espacio entre aeronaves, aumenta la distancia de separación en el aire, lo que reduce drásticamente la cantidad de operaciones posibles por hora en un aeropuerto ya de por sí saturado, creando un cuello de botella con repercusiones inmediatas. Para mitigar estos efectos recurrentes, se necesita una modernización tecnológica robusta, en particular la certificación del Sistema de Aterrizaje por Instrumentos (ILS) a la Categoría III, un sistema que permite aterrizar con visibilidad prácticamente nula y que ya es un estándar en los principales aeropuertos del mundo que enfrentan condiciones similares.

    En resumen, siempre el cielo tiene la última palabra, y los ejemplos mencionados demuestran que cada región requiere un análisis meteorológico localizado. Los avances en modelos de predicción permiten anticipar estos fenómenos con mayor precisión, pero la meteorología aeronáutica sigue siendo una ciencia de gestión de riesgos. Los pilotos, controladores y meteorólogos no luchan contra el tiempo, sino que trabajan con el pronóstico para tomar la única decisión que garantiza la seguridad de los pasajeros: operar solo cuando el las condiciones meteorológicas lo permitan.

  • Refranes del tiempo y el clima en México: ¿mito o ciencia?

    El cielo tiene un lenguaje propio, y desde mucho antes de que existieran los satélites y los modelos numéricos, los campesinos mexicanos aprendieron a leer sus señales. A través de generaciones, antes de la existencia de pronósticos modernos, las comunidades se apoyaban en observaciones empíricas de animales, plantas y el cielo. Este saber práctico es la base de la etnometeorología mexicana.


    El tlacuache, las hormigas y el cielo rojizo: lo que la ciencia tiene que decir

    Un ejemplo clásico es “Si el tlacuache se esconde, es que el frío está cerca”. Este dicho, muy extendido en el centro del país, tiene un fundamento biológico claro. El tlacuache, al ser un animal de sangre fría, busca refugio instintivamente ante una caída de la temperatura, actuando como un termómetro natural. Las hormigas también son predictoras: cuando mueven sus hormigueros a zonas más altas o se vuelven más activas de lo normal, los agricultores pueden interpretar que se avecinan lluvias torrenciales, ya que estos insectos modifican su conducta ante cambios en la presión atmosférica y la humedad del suelo.

    Los refranes astronómicos tienen su propia lógica. “Cielo empedrado, suelo mojado” hace referencia a la presencia de nubes altocúmulos). Meteorológicamente, estas formaciones suelen ser precursoras de una zona frontal, que traerá precipitaciones en el día siguiente. Por su parte, “Cuando el sol se pone rojo, es que tiene lluvia en un ojo” es una sentencia que la ciencia respalda plenamente, pues explica que esa tonalidad rojiza en el atardecer ocurre cuando la atmósfera está cargada de humedad o partículas de polvo que dispersan la luz de manera diferencial.

    El refranero mexicano es contundente en la agricultura de temporal. Un dicho muy escuchado en Chihuahua dice: “Lluvias de abril, mazorcas sin fin”, una sentencia que se refiere a la importancia de las primeras lluvias primaverales para el ciclo del maíz. Y vaticinios como el que reza “A tres de abril, el cuclillo ha de venir” hablan de la llegada del pájaro cuco como heraldo de la primavera; aunque este pájaro no anida en México (sino que migra desde Sudamérica), su aparición coincide efectivamente con el aumento de temperatura y la floración.

    Cabañuelas y calendarios: el arte de mirar enero

    Mención aparte merecen las Cabañuelas, un complejo sistema empírico de predicción climática que en México se atribuye a herencia azteca. La regla más extendida dicta que “conforme a los 12 primeros días del año serán los 12 meses”: si llueve el 5 de enero, se espera mucha lluvia en mayo; si hace calor el día 8, agosto será caluroso, y así sucesivamente. Otros métodos incluyen la observación de los últimos días de diciembre o incluso la alternancia de días pares e impares para un pronóstico más detallado. Aunque no es precisa como la tecnología de los modelos globales, los estudios de CONAGUA han señalado que puede anticipar tendencias estacionales con cierta efectividad, y en localidades rurales de Hidalgo y Puebla sigue siendo utilizada para programar la siembra.

    ¿Son infalibles los viejos refranes?

    No todos los proverbios meteorológicos sobreviven al rigor científico. Uno de los más conocidos, “febrero loco y marzo otro poco”, que describe la abrupta variabilidad del clima al final del invierno con días de calor seguidos de heladas, captura una percepción real de la atmósfera del norte del país. Sin embargo, la frase que predice que “Si marzo mayea, mayo marcea” (marzo cálido equivale a mayo frío) carece de correlación atmosférica sólida, ya que no existen leyes físicas que aten de manera forzosa el comportamiento térmico de un mes con el otro.

    Un acertado estudio en la región de Puebla reveló que menos de la mitad de los agricultores confían plenamente en los dichos, y que estos suelen validarse principalmente en años de buenas cosechas, mientras que, en los considerados “regulares” o “malos”, la mayoría no se cumplió, lo que revela que la fe en el refranero a veces depende más de la esperanza del campesino que del acierto climático.

    La tradición amenazada por el cambio climático

    El principal peligro para esta sabiduría no es la tecnología, sino el propio clima. Estudios recientes en la Sierra Alta de Hidalgo han detectado que el cambio climático está desfasando los ciclos biológicos de plantas y animales, lo que hace que muchos de estos marcadores naturales tradicionales pierdan su efectividad, fenómeno conocido como desajuste fenológico. Además, se ha visto que la juventud rural está perdiendo el interés por el campo y abandonando los saberes ancestrales, poniendo en riesgo su transmisión generacional.

    Pero, por ejemplo, en el Totonacapan veracruzano o en el Valle del Mezquital, los abuelos siguen usando “Si la puesta del sol se ve verdosa, es que el agua está cerca” o insisten en que “Las cabañuelas en febrero garantizan lluvias en junio”, manteniendo viva una memoria colectiva invaluable. No se trata de un romanticismo vacío, sino de incorporar esas pistas al monitoreo diario de las variables agrometeorológicas; porque un satélite orbital te dice si va a llover a las 5 de la tarde, pero el abuelo en la milpa te avisa que hay que tapar el maíz antes de que caiga el granizo. Saber escuchar ambas voces es quizás la lección más grande que esta cultura popular le deja a la ciencia del siglo XXI.

  • El Niño puede llegar en 2026: lo que sabemos y lo que no

    La NOAA recientemente actualizó su diagnóstico sobre el estado del océano Pacífico. Hasta ahora estábamos en condiciones neutrales, pero eso va a cambiar. Según el pronóstico de abril 2026, entre mayo y julio hay un 61% de probabilidad de que se desarrolle ENOS en su fase cálida, es decir, lo que conocemos como El Niño, y se mantendría al menos hasta fin de año.

    Esto no es un dato menor para nuestra región. Cuando El Niño se instala, modifica las lluvias, la temperatura y el comportamiento de los huracanes. Y aunque todavía hay incertidumbre (podría ser desde un evento débil hasta uno muy fuerte), ya se pueden anticipar algunas tendencias.

    Durante el verano, el efecto más notorio será el calor. Las temperaturas históricamente suben por encima de lo normal en gran parte del Caribe, el golfo de México y Centroamérica. Las noches se vuelven más calurosas y las olas de calor se hacen más frecuentes. En paralelo, las lluvias suelen disminuir en la vertiente del Pacífico centroamericano y en las Antillas. Países como Costa Rica, Nicaragua, República Dominicana o Puerto Rico pueden enfrentar un verano más seco de lo habitual, con riesgo de sequía en zonas agrícolas. En cambio, en el noreste de México (Tamaulipas, Nuevo León) las tormentas pueden ser más intensas por el ingreso de humedad desde el Golfo.

    En cuanto a la temporada de huracanes del Atlántico, El Niño es un freno para la formación de tormentas. Aumenta la cizalladura del viento, que desorganiza los sistemas. Históricamente, el número total de huracanes baja. Pero ojo: los pocos que se forman tienden a ser más intensos y pueden acercarse peligrosamente al Caribe occidental, la península de Yucatán, Belice y Honduras. El riesgo no desaparece, solo cambia de perfil, ya que hay que tener en cuenta las temperaturas superficiales del mar en el área. Para el Atlántico Norte, los huracanes suelen curvarse mar adentro, pero con El Niño activo no hay que confiarse.

    La NOAA también advierte que hay una posibilidad de que El Niño sea muy fuerte para el invierno del hemisferio norte (uno de cada cuatro escenarios alcanzaría un índice Niño-3.4 de +2°C o más). Eso dependerá de que sigan soplando vientos del oeste sobre el Pacífico ecuatorial durante los meses de verano, algo que todavía no está garantizado.

    Probabilidades de intensidad de ENSO para el índice de temperatura superficial del mar relativo Niño 3.4, fuente: EL NIÑO/SOUTHERN OSCILLATION (ENSO) DIAGNOSTIC DISCUSSION; CLIMATE PREDICTION CENTER/NCEP/NWS

    Por ahora, el mensaje es claro: prepararse para un verano con más calor y menos lluvias en buena parte del Caribe y Centroamérica, y una temporada de huracanes que podría tener menos ciclones, pero más violentos.

  • Energías renovables y meteorología: el binomio que sostiene la transición energética.

    La transición energética tiene un aliado silencioso que a menudo pasa desapercibido en los debates sobre política climática: la meteorología. No es una novedad que las energías solar y eólica dependen del viento y de la radiación, pero lo que sí está cambiando es la profundidad con la que las ciencias atmosféricas están empezando a moldear el diseño, la operación y la integración en red de estas tecnologías. Entender y predecir el comportamiento de la atmósfera se ha convertido en una cuestión estratégica, tanto desde el punto de vista económico como de seguridad de suministro.

    Hasta hace relativamente poco, la relación entre meteorología y las energías renovables se limitaba a los estudios de recurso: medir el viento en un emplazamiento durante un año para decidir si se instalaba un parque eólico, o calcular las horas de sol medias para dimensionar una planta fotovoltaica. Ese enfoque estático ya no es suficiente. La variabilidad de la generación renovable, agravada por el cambio climático, exige ir mucho más allá: se necesitan predicciones meteorológicas de alta resolución, modelos de downscaling que traduzcan fenómenos globales a escala local y sistemas de alerta temprana que anticipen eventos extremos capaces de paralizar la producción o dañar los activos.

    Uno de los avances más significativos en los últimos años ha sido la mejora de los modelos de predicción numérica del tiempo aplicados al sector energético. Estos datos alimentan los sistemas de gestión de operadores de red y comercializadores, permitiendo ajustar la programación de la generación, gestionar los mercados intradiarios y reducir los desvíos que penalizan económicamente a los productores. Pero la meteorología no solo interviene en la operación diaria. También está transformando las fases de planificación y mantenimiento. Los mapas de recurso eólico y solar elaborados con reanálisis de alta resolución permiten seleccionar emplazamientos con menor incertidumbre, reduciendo el riesgo de sobreestimación que en el pasado lastró la rentabilidad de algunos proyectos. Y en la fase de explotación, las alertas meteorológicas anticipadas son cada vez más sofisticadas: se utilizan para programar paradas preventivas ante tormentas de granizo que podrían dañar los paneles, para activar sistemas de deshielo en aerogeneradores cuando se prevén episodios de cencellada, o para coordinar equipos de mantenimiento en función de las ventanas de buen tiempo.

    Además, la inteligencia artificial está acelerando estos avances. Los mismos modelos de deep-learning que han revolucionado la predicción meteorológica general están encontrando aplicaciones muy concretas en el sector energético. Algoritmos de machine learning que combinan datos meteorológicos con series históricas de producción para generar pronósticos de generación con errores de hasta un 20 % menores que los obtenidos con modelos físicos convencionales. También se emplean redes neuronales para estimar la pérdida de eficiencia por suciedad en paneles solares en función de la precipitación y la humedad, o para predecir la erosión de palas en aerogeneradores sometidos a condiciones adversas.

    El desafío, sin embargo, sigue siendo la integración de todas estas herramientas en un sistema eléctrico cada vez más descentralizado y con mayor penetración renovable. La meteorología deja de ser un mero factor de producción para convertirse en un elemento central de la operación del sistema. Los operadores de red necesitan no solo predicciones puntuales, sino también información probabilística que les permita evaluar el riesgo de eventos de baja generación prolongada o de picos de producción que puedan saturar las líneas. En este sentido, los ensembles meteorológicos —conjuntos de pronósticos que representan la incertidumbre— están ganando protagonismo, porque permiten dimensionar los servicios de respaldo (baterías, bombeo hidroeléctrico, centrales de ciclo combinado de respaldo) con criterios de fiabilidad cuantificables.

    El cambio climático añade una capa adicional de complejidad. Los patrones de viento y radiación están evolucionando de manera no estacionaria. Estudios recientes indican que en amplias zonas del sur de Europa la velocidad media del viento podría disminuir ligeramente en las próximas décadas, mientras que la frecuencia de olas de calor aumentaría la radiación solar pero también la temperatura ambiente, reduciendo el rendimiento de los paneles. Adaptar los modelos meteorológicos para que incorporen estas tendencias climáticas no es trivial, y obliga a repensar los estudios de recurso con horizontes a 20 o 30 años, incorporando escenarios de cambio climático en lugar de promedios históricos.

    Para los profesionales del sector energético y los servicios meteorológicos, esta convergencia plantea una exigencia clara: trabajar de forma mucho más integrada. Los equipos de meteorología ya no son un departamento de apoyo que entrega datos, sino un socio estratégico que participa en la optimización de activos, la planificación de la red y la gestión de riesgos. A su vez, los especialistas energéticos necesitan comprender no solo los productos meteorológicos, sino también sus limitaciones y su incertidumbre asociada.

    En definitiva, la meteorología se ha convertido en una pieza indispensable de la ingeniería energética. No se trata solo de saber si mañana hará viento o sol, sino de entender con qué confianza podemos contar con esa generación, cómo integrarla en un sistema que exige estabilidad y cómo proteger las inversiones frente a un clima que cambia más rápido de lo que anticipaban los modelos hace una década. Las renovables han dejado de ser una apuesta de futuro para ser una realidad presente, y en ese presente, el conocimiento del cielo es tan importante como la tecnología de los paneles o los aerogeneradores.

  • La revolución de la IA en meteorología: un cambio de paradigma en las ciencias atmosféricas

    En muy poco tiempo, la inteligencia artificial (IA) ha pasado de ser un experimento a convertirse en una herramienta real en la vida diaria, en la meteorología no ha sido una excepción. Hoy ya no se habla solo de prototipos académicos: hablamos de modelos que rivalizan con los sistemas de predicción más avanzados y que empiezan a usarse en servicios meteorológicos de distintos países.

    Lo interesante no es solo que sean rápidos o precisos, sino entender qué aportan, qué limitaciones tienen y cómo se están usando en la práctica. Proyectos como GraphCast (DeepMind), Pangu-Weather (Huawei) y FourCastNet (NVIDIA/Microsoft) han demostrado que una red neuronal puede simular la evolución de la atmósfera con resultados comparables a los modelos físicos tradicionales. La gran diferencia está en la velocidad: lo que antes requería horas en supercomputadoras, ahora se calcula en menos tiempo. Eso abre la puerta a pronósticos más rápidos y la posibilidad de generar muchos escenarios distintos casi al instante.

    IA para el pronóstico inmediato

    Uno de los avances más llamativos es el nowcasting, es decir, el pronóstico a muy corto plazo. En 2021, DeepMind presentó un modelo capaz de anticipar la lluvia hasta 90 minutos con gran realismo. En pruebas con meteorólogos del Reino Unido, sus predicciones fueron preferidas frente a los métodos clásicos en la mayoría de los casos.

    Desde entonces, varios servicios meteorológicos han comenzado a probar herramientas similares: El Met Office británico las usa como apoyo a sus pronosticadores; la AEMET en España ha desarrollado prototipos para tormentas en el Mediterráneo; MeteoSwiss en Suiza aplica IA para obtener mapas de procesamiento detallados en los Alpes. En Estados Unidos, la NOAA explora sistemas de IA para mejorar la predicción de inundaciones súbitas.

    En todos los casos, la IA no sustituye al meteorólogo ni al modelo numérico: se suma como una capa extra que aporta rapidez y capacidad de detectar patrones complejos.

    Ventajas y desventajas documentadas

    Ventajas:

    Reducción del coste computacional: la inferencia es varios órdenes de magnitud más rápida que un modelo físico completo.

    Integración de datos heterogéneos: satélites, radares, estaciones pueden combinarse sin parametrizaciones físicas complejas.

    Mejora en downscaling y corrección de sesgos: algunas técnicas aumentan la resolución espacial y corrigen errores sistemáticos.

    Desventajas:

    Falta de interpretabilidad: son cajas negras, lo que limita la confianza en alertas críticas.

    Sensibilidad a condiciones no representadas en el entrenamiento: degradación mayor que en modelos físicos.

    Sesgos heredados: los sesgos del reanálisis se perpetúan en el modelo.

    El ECMWF (Centro Europeo de Predicción a Plazo Medio) ya combina diariamente modelos de IA con su sistema físico, en un entorno de pruebas abierto al público. En otros sectores, como la energía y la agricultura, también se usan modelos híbridos para mejorar la gestión de recursos.

    La IA no va a reemplazar a los modelos físicos ni a los meteorólogos. Lo que está ocurriendo es una colaboración: la solidez de las ecuaciones físicas, la rapidez y flexibilidad de la IA, y el criterio humano de los profesionales. El reto ahora es garantizar que estas herramientas sean confiables, interpretables y accesibles para todos los servicios meteorológicos, no solo para los grandes centros. La inteligencia artificial ya está aportando valor a la meteorología. Su verdadero potencial se alcanzará cuando se use con conocimiento de sus límites y fortalezas, y siempre con el criterio humano en el centro.